Más temprano que tarde fui descubriendo este nuevo año. Me despegué completamente de aquellas amarras impuestas por el tiempo o la costumbre, las que más que beneficiar causan daño cuando se las toma como algo cierto y seguro. Me incline a decidir, a pensar en lo que verdaderamente me traería un nuevo comienzo y así fue como me interne en numerosas aventuras, las que todavía no terminan. Pero estas aventuras no eran solo física, como cambiar de lugar, conocer nuevos lugares o escaparse a ver el mar... estas implicaban un vínculo con el si mismo, una renovación que se nota día a día.
No voy a negar que es difícil, uno siempre trata de evadir las cosas con tal de que funcionen o se solucionen, pero eso no me ayudaba en nada. Había que enfrentarse y de una vez por todas comenzar a estar presente... consciente y despierta, totalmente alerta a lo que ocurre porque el pasado y el futuro no existen, esta sólo el hoy.
Mi primera gran prueba fue volver a encontrarme con aquella mirada dulce, la que deje aquella tarde de lluvia por miedo al dolor y buscando nuevos horizontes. Debía hacerlo o no sería capaz de recorrer nuevos rumbos. Lo vi entre muchos colores, rodeado de gente pero destacando entre ella, me abrazo con fuerza como expresando el no querer perderme y yo lo mire devolviéndole el abrazo. Caminamos para ver si todavía existía esa unión tan rara como especial... nunca se fue.
Lo vi un par de veces, pero sin importancia, recibí sus llamados como si fuera algo de cobranza o simples recados, no lo espere y menos soñé volverlo a tener. Lo extraño ocurrió cuando un nuevo rostro apareció entre mis andanzas, perdido entre el mar y los cerros, preparado para encantarme en aquella ciudad nueva y encantadora. Sus brazos me mantenían alejada del mundo, me sentía segura entre el caos y confundida a la vez... el mar bañaba mis pensamientos y las tardes se hacían cada vez más cortas acercando nuestros encuentros.
Una noche decidimos ir a la playa, yo quería ver el amanecer, él quería estar conmigo. Era imposible evadir aquellas señales, pero yo estaba cegada por el encanto del mar y lo contradictorio que era nuestro pensar... simplemente lo mire y busque aquella mirada que te trasmite lo esencial en el momento, viendo en ti más que una emoción porque establece un vínculo difícil de explicar pero que es sumamente importante, esa mirada que te trasciende y te lleva más allá, proponiéndote un presente eterno, una mirada que atraviesa tu piel... lo miré pero no estaba, ni la mirada ni él, me giré y lo deje junto a las olas, olvidando aquella noche tan vacía que parecía nunca acabar, me pregunte como llegue a encantarme de aquel tipo, como sigo pensando en aquel momento en que nuestras vidas se cruzaron y dejaron de ser lo mismo.
No hay cartas, mensajes ni llamadas, tampoco recuerdos, canciones y susurros. Por un lado encuentro una mirada que me mueve sin saber, que se pierde pero vuelve a surgir, una mirada única de Dulzura y tardes, junto al pasto y las nubes, entre autos y tacos, regada por un pasado que la hace imposible vivir por si sola, porque necesita una nueva esperanza, volver a brillar. Contraponiendo el cuadro, en el mar, veo una aventura no planeada, totalmente acorde al lugar pero perdida en tiempo y espacio, olvidando el que estuvimos juntos aunque no lo parezca, que a pesar de no poseer la magia logró poner en perspectiva los cambios realizados y lo que deseo en realidad.
Ahora me detengo para cambiar de mochila y comenzar a viajar hacia la nueva aventura que muy pronto comenzará